Prefacio

“Cuando nos movemos en la luz, imitándole a Él, que está en la luz, somos solidarios unos con otros”San Juan - Primera carta

En los trece retablos en forma de cruz que conforman el Apocalipsis de la Esperanza y de la Misericordia (como trece pétalos tiene la rosa, que simboliza la asamblea de las almas que aspiran al Creador, y trece son los atributos de la Misericordia Divina en el rezo judío), cada uno compuesto de cuatro tablas de cedro del Líbano (en Salmos 92,13 puede leerse: “florecerá el justo como una palmera, crecerá como el cedro del Líbano”), aparecerán inevitablemente algunas imágenes de catástrofes. Pero haré todo lo que pueda para escapar del “milenarismo apocalíptico” que tan de moda vuelve a estar en nuestros días de crisis de la democracia, enconados conflictos bélicos como heridas abiertas que se diría que no van a cicatrizar jamás y un deterioro del medio ambiente que parece abocado a arruinar la Tierra, convirtiendo “la casa común” (en palabras de Pablo VI) en una “república de insectos y hierba” (por usar la elocuente expresión de Jonathan Schell). Todo lo cual alimenta la tendencia a imaginar distopías por lo general de corte tecno-científico, situadas en un futuro peligrosamente cercano, en el que la sociedad está controlada por un poder opresivo e hipervigilante; o bien la humanidad actual es superada por una deslumbrante “posthumanidad” libre de las lacras de todo tipo que nos afligen a la vez que nos caracterizan, una corriente ideológica en la que resuenan ecos del “Übermensch” nitzscheano, pero sin la grandeza trágica inherente al pensamiento del gran filósofo alemán.

El Apocalipsis de la Esperanza y de la Misericordia está centrado en el hombre, y en la casa como representación de la Iglesia (el cuerpo de Cristo). El jardín de mi casa, todo un “hortus conclusus”, un remanso de paz donde revolotean las libélulas y abundan las más variadas especies de plantas en cuyas ramas anidan los pájaros (como los que anidan en el árbol que crece del grano de mostaza, recordándonos que sólo al final de los tiempos se desplegarán todas las virtualidades del Reino de Dios), es como el rosetón de la catedral gótica (la fachada del monasterio de Sant Cugat del Vallés, la ciudad de Catalunya donde vivo junto a mi familia, luce uno maravilloso), el lago de la vida donde se casan el cielo y la tierra (la casa, pues, como Jerusalén Celestial).

La lectura del Apocalipsis es una vía de ascenso espiritual para llegar a ver a Dios con el corazón, y poder disfrutar en vida del Reino futuro (pues en la propia vida reside la liberación, que es la alegría de vivir alcanzada tras la permanente y enconada lucha entre el bien y el mal interior, el dragón que es la tristeza, la falta de amor y de apego a la vida).

El hogar, en todas las mitologías y en infinidad de leyendas y cuentos, es siempre una meta de odiseas épicas, búsquedas espirituales y transformaciones psíquicas. En 1223, san Francisco (basándose en la tradición medieval de los dramas bucólicos) creó su escenificación viviente del Nacimiento en la localidad italiana de Greccio, inspirando a Giotto la mayor revolución artística de la historia del arte occidental: el genial artista nacido en la humilde localidad de Colle di Vespignano bajó la anécdota narrada en el cuadro del cielo abstracto de la pintura bizantina, dorado y lejano (un espacio moral o espiritual), a la “tierra prometida”; situando a las figuras (contempladas con una profunda compasión) en un espacio tridimensional, habitable y cercano.

“Nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, cesarán las lenguas y el conocimiento se acabará”).Pablo. Epístola a los Corintios

El Apocalipsis de la Esperanza y de la Misericordia debería, como todo arte verdadero, ser un llamado a la curación a través del Amor (de ese Amor que, como escribió Pablo en la Epístola a los Corintios, “nunca deja de ser; pero las profecías se acabarán, cesarán las lenguas y el conocimiento se acabará”).
Haciendo convivir en los cincuenta y dos paneles que conforman los trece retablos todo, absolutamente todo lo que sobre la tierra existe (esa sobrecogedora multiplicidad que, englobándonos, nos sobrepasa, y que nos es imposible percibir en su conjunto), rindo un homenaje a Aquel que todo lo ve (lo micro y lo macroscópico) simultáneamente, porque para Él no existe el tiempo: muestro en tan colorido como exhaustivo panóptico algo que podría estar cercano a la mirada de Dios.

Alejandro Häsler, Junio de 2014 – Enero de 2016

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