Panel de la izquierda

El Lucero de la mañana (una de las aserciones de Cristo). Una imagen fractal, forma virtual, derivada de la matemática. Lo invisible se hace visible. Las formas fractales (en las que las partes se asemejan al todo) están muy presentes en la naturaleza, en las formas espaciales de los objetos, así como en la propia dinámica evolutiva de los sistemas complejos, que tienen las características de los sistemas caóticos (sistemas en los que, partiendo de una realidad simple, se llega a una realidad más compleja). La estrella, según la tradición heráldica, simboliza a la Virgen María, Madre de Cristo y de la Iglesia, y aparece en el escudo del Papa Francisco.

Políptico I

Panel central

Una cena de dos personas, en un interior. Cristo, con quien le abre la puerta y le invita a cenar, aceptando su visita de buen grado. Esta primera escena ideada por mí, un tanto teatral aunque fiel al texto de Juan (Ap. 3, 20: “He aquí, yo estoy a la puerta y llamo; si alguien oyere mi voz y abriere la puerta, entraré a él, y cenaré con él, y él conmigo”), me resulta un poco fría, no acaba de convencerme a pesar de tener una innegable fuerza. Así, de forma espontánea, he decidido sustituirla por otra, una de las más hermosas que narra el Evangelio: el momento en que Juan, el “Discípulo Amado” que recibe de Jesús a María, convertida así en Madre suya, apoya su cabeza en el pecho de Cristo (Jn 13, 23-25). Cristo le transmite así (Juan es el discípulo que más escribió, incluyendo el Apocalipsis, el visionario cuyo emblema es el águila de alto vuelo y aguda visión, y su Evangelio, que casi puede ser contemplado como “el Evangelio del Amor”, expresa lo más elevado y profundo del pensar de Cristo), desde el corazón a su cabeza, el conocimiento, el plan de redención que tendrá lugar al final de los tiempos (también san Pablo fue alcanzado a la vez por la luz y el conocimiento). Transformándole, del diamante en bruto que era (el “hijo del trueno”, lo llamaba Jesús, por su impetuosidad), en el hombre perfecto que será, como el Adán anterior a la caída, en la Jerusalén Celestial.

El modo como en esta imagen Jesús se toca el pecho recuerda también al Pelícano, que se abre el pecho con el pico para alimentar a sus crías con su propia sangre (un conocido emblema de Cristo). Sangre que está simbolizada en el intenso color rojo de su camisa, que recuerda a su “túnica lavada en vino” (Gn 49, 11), cuyos pliegues son una metáfora de los pliegues del corazón herido de Cristo; quien demuestra a través de esta imagen de Amor que nuestro cometido es dar consuelo a todos los hombres y mujeres con quienes compartimos la vida en la Tierra (como el Buen Pastor, que recibe del Padre la misión de dar la vida por las ovejas –Jn 10, 11-18 -).

Mi amigo Jean Emile Henri Dania y su hijo Kristen Michael posaron para esta “Paternitas” llena de ternura (sus rasgos orientales recuerdan a los de los personajes de las pinturas de Piero della Francesca, Duccio di Buoninsegna, Lorenzo Monaco o el mismo Giotto). Una imagen de una potencia visual que recuerda al Pantocrátor del ábside de alguna iglesia románica perdida en las montañas de la hermosa Catalunya; o a uno de los mágicos cuadros del atormentado Caravaggio, un artista que, como la flor del loto, hundía los pies en el más sórdido fango humano para florecer en obras que son un milagro de belleza, una verdadera celebración de la luz que rememora la definitiva victoria de Cristo sobre la muerte (desde el antiguo Egipto hasta la mística medieval, la luz era considerada como la mirada de Dios).

Panel inferior

El jardín de mi casa: el Árbol de la Vida en el Jardín de Dios. Paraíso perdido (con Adán y Eva y su pecado, en el Génesis, al principio de la Biblia) y recuperado (al final de la Biblia, en el Apocalipsis, con el advenimiento de la Jerusalén Celestial).

Texto en la banda central

“El que tenga oídos, oiga lo que el Espíritu dice a las Iglesias”(Ap. 3, 20-22)

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Panel de la derecha

Hombre vestido de blanco y radiante, “resplandeciente por sus propias obras” (mi hermano Rodolfo Häsler, poeta): El que sale vencedor de toda la tribulación. En Daniel 12:3 puede leerse: “Y aquellos que sean justos, brillarán como la luminosidad del firmamento”. Los elegidos portan las vestiduras “blanqueadas con la sangre del Cordero”, una referencia también al bautismo, que es un “baño en la sangre de Cristo”. El elegido sostiene en sus manos un libro abierto (con una forma circular en la portada, que hace referencia a los siete sellos que impedían acceder al contenido del Libro) del que brota una luz intensa: ya conoce el plan de Dios, pues es parte de él. Su carne, permeada por el color plateado del fondo, hace referencia al nuevo modo en que, tras la Resurrección, la carne y el alma estarán unidas de una forma nueva. El modo en que el elegido contempla el libro, “comiéndoselo con los ojos”, recuerda al episodio (Ap. 10, 1-11) en que Juan de Patmos se come el librito que el ángel le ofrece, una forma muy física de expresar la asimilación de su contenido.

libro-apocalisis-16

Los doce Polípticos restantes también van acompañados de sus respectivos textos explicativos en el libro.

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